sábado, 22 de noviembre de 2008

El viejo que hacía las estrellas © (Capítulos 9, 10 y 11)

NUEVE

Cargados con una ligera mochila en la que llevaban comida y agua, partieron los cinco hacia los desiertos grises del planeta. Les llamaban grises debido a que los vientos que soplaban en aquellos parajes arrastraban una polvareda que provenía de las montañas más altas, donde habitaba el Oscuro.

Arturo había pedido a Perdomo que le proporcionase un candil, tan potente como pudiera, y el hombrecillo había puesto en sus manos un cilindro alargado y metálico que al apretarlo lanzaba un rayo de luz tan potente que cegaba.

- ¿Para qué quieres esto?
- Si el Oscuro odia tanto la luz como me has dicho, no existe mejor arma para atacarlo.
- Has de tener cuidado. Oscuro es malvado y está dispuesto a cualquier cosa.

Pero nuestro héroe no iba a permitir que ni Oscuro ni nadie hiciera desaparecer a sus amigas las estrellas. Si debía exponer su vida para salvarlas, lo haría gustoso y así se lo dijo a Perdomo.

- No sé, no sé... -dudaba el viejo-. Creo que te he metido en una empresa demasiado difícil, eres sólo un muchacho.
- ¡Que no piensa dejar que ese mamarracho se salga con la suya!

Los parajes del planeta verde eran muy distintos a los de la Tierra y Arturo se sintió invadido por la sed de aventuras. Había soñado tantas veces con alcanzar las estrellas, con poder tocarlas con sus dedos... Ahora se encontraba en un mundo lejano, perdido, en compañía de un viejecito, un perro, una cacatúa y una tortuga. Entre todos debían preservar aquellos cuerpos celestes maravillosos a los que él tanto admiraba. Estudió con gesto preocupado las altas montañas sobre las que se cernía la tormenta. Perdomo le había explicado que la montaña, por sí sola, era capaz de causar las mayores catástrofes; nadie debía violar sus grutas o el poder que existía en su interior podría despertar para ahuyentar a todo ser viviente.

Arturo tomó muy en cuenta las advertencias del viejo enanito y no se acercó a la montaña a pesar de tener unas ganas inmensas porque estaba cuajada de piedras preciosas: rubíes, esmeraldas, zafiros y brillantes competían en hermosura, tentando a quien se acercaba. Por un instante, Arturo pensó que no podía ser tan peligroso tomar una de aquellas piedras preciosas; nadie había alrededor y nadie se enteraría. Pero su sentido común le dijo que debía obedecer a Perdomo.



DIEZ

Mientras tanto, el Oscuro seguía con atención el viaje de nuestros amigos, preguntándose cuales serían sus intenciones y qué planeaba su enemigo de siempre trayendo al planeta verde a un niño humano.

Muchas horas después, cansados y sudorosos, se encontraron en las faldas del cráter Sappho. Arturo no pudo por menos que admirar la grandiosidad del volcán apagado. El cráter era enorme.

- Creo que es hora –dijo al cabo de momento, cuando hubieron recuperado las fuerzas-.

La decisión de Arturo parecía acertada y, sin embargo, tanto Perdomo como el resto de nuestros amigos sentían un temor sobrenatural. Oscuro era demasiado malo para dejarlos llegar sin causar problemas. Pero el niño tenía su plan.

El sol brillaba en el cielo como una inmensa bola de fuego y calentaba todo lo que tocaba. Hasta la arena estaba ardiendo.

- Esperaremos a la noche - Perdomo se extrañó de aquella decisión y así se lo dijo-.
- Oscuro odia este sol. Por la noche es peligroso.
- Lo imagino -dijo Arturo-, pero podría valerse de cualquier truco para darnos un buen susto. No sé... tal vez cubriéndose con algo que le proteja de los rayos del sol. Yo voto por subir de noche.
- No lo entiendo. Oscuro tendrá todas las de ganar si intentamos recuperar los haces de luz mientras reina la penumbra. Es su mejor aliada.
- ¿Por qué crees que he traído la linterna?
- La verdad, lo ignoro.
- Oscuro atacará, no me cabe duda, pero yo estaré prevenido. No te preocupes, Perdomo. Y además... subiré solo a la cumbre.
- ¡No puedo permitirlo!
- Subiré solo. No quiero que nadie sufra daño. No conozco a Oscuro, pero por lo que me has contado, me parece un cobarde. Yo no lo soy. Al anochecer subiré al cráter y vosotros debéis esperarme aquí mismo. Buscad troncos, ramas, lo que sea, para formar una plataforma que podamos arrastrar con las vasijas de rayos. Antes del amanecer estaré de vuelta.

Anocheció sobre el planeta verde con una lentitud desesperante. Nuestros amigos aguardaban escondidos entre las rocas y los arbustos. Para amenizar la espera, Perdomo contó a Arturo infinidad de cosas que desconocía sobre los cuerpos celestes. Cuando regresase a la Tierra, si es que tenía éxito en su misión, podría explicarlo a su familia.

Por fin, el sol se ocultó tras las lejanas colinas y la superficie del planeta quedó sumida en una oscuridad total. Todos sabían lo peligroso que resultaba el momento, pues Oscuro saldría de su guarida para hacer de las suyas. Arturo tuvo mucho cuidado de no ser visto cuando se despidió de sus compañeros y enfiló con determinación el escarpado camino hacia el cráter.

A pesar de las dificultades, no tardó demasiado en alcanzar su objetivo y llegar a la boca misma de Sappho. En sus libros de geografía había visto la forma de un volcán, pero no se parecían a lo que tenía delante de los ojos. Tan angosta y fría era su bajada, que dudó si cabría por ella. ¡Con razón el malvado gato había escondido allí los rayos de luz!

Cuando hubo descansado, cargó sobre sus hombros la mochila y alumbrándose con el cilindro comenzó a descender. Utilizó los pies para apoyarse en la roca resbaladiza y las manos se le despellejaron cuando se agarró para evitar caer al abismo que se abría bajo sus pies.


ONCE

No supo el tiempo que empleó en descender, pero le pareció que había transcurrido un siglo desde que entrara en la boca del cráter. Temía encontrarse con Oscuro antes de poder preparar su plan y rezó por no ver su fea cara hasta bastante rato después.

De repente, la estrecha garganta por la que descendía comenzó a iluminarse poco a poco hasta cegarlo. Debía estar llegando a la cámara donde Oscuro había escondido las cestas de rayos. Todo indicaba que estaba cerca del tesoro de Perdomo y, lejos de asustarse, se animó.

Segundos después, desapareció el terreno bajo sus pies y cayó al interior de la cámara. Se quedó sentado, abriendo la boca como un tonto. Parecía un mundo de fantasía. Irreal y maravilloso. Eran tantos los rayos de luz y tan variados sus colores que Arturo no encontró nada con qué compararlo. Jamás vio nada semejante. Todo brillaba y era mágico.

Anonadado, Arturo deambuló por el interior de la cueva de un lado a otro, como si estuviese sonámbulo. Tocaba los rayos de luz, cada irisación en el aire, comparaba unos con otros tratando de asimilar tanta belleza.

Suspiró hondo y se dejó caer en medio de aquella confusión de luz y colorido hasta recobrar el sentido común, hasta que se dio cuenta que debía comenzar su plan en contra de Oscuro. Dejó la mochila y la linterna y empezó a recoger los rayos más largos y gruesos. Fue amontonándolos en un lateral hasta obtener una buena cantidad. Luego, con una precisión digna de un consumado artesano, los puso en pie, a una distancia no mayor de una cuarta unos de otros y formó una barrera. Siguió luego haciendo otra de iguales proporciones un ángulo recto. Al cabo de unos minutos, suspiró y miró el trabajo. Perfecto, se dijo. Tenía una jaula tan bella que daban ganar meterse en ella. Ahuecó los dos barrotes centrales, lo suficiente como para que una persona pudiese pasar. Probó y asintió, satisfecho. Ya sólo faltaba poner el techo. Aunque le resultó más trabajoso, lo consiguió subiendo por una escalera que hizo con rayos pequeñitos.

Un tiempo después la jaula estaba terminada. Ya no quedaba más que cubrirla. Y lo hizo con una tela enorme y negra que llevaba en la mochila. Una vez tapada, no quedaba más que una sombra grande que ocupaba una esquina de la recámara.

Era hora de llamar la atención de Oscuro.

Armado, con una barra metálica, se acomodó en un lateral de la cueva y comenzó a golpear la roca, tanto y tan fuerte que Sappho retumbó amenazando partirse en mil pedazos. Desde el exterior, Perdomo se preguntaba qué era lo que estaba pasando.


(Mañana continuará...)


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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.

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6 comentarios:

Anónimo dijo...

Esto se está poniendo interesantísimo. A ver si llega pronto mañana.

Un beso,
Amalia

Eva María dijo...

He empezado por aquí, pero voy ahora mismo a leerlo entero para poder continuar después con el resto de lo que pongas. Llegué buscando novelas románticas y he encontrado más de lo que esperaba.

Saludos.

luz dijo...

Estoy enganchadísima con el cuento ¡y yo también buscaba novelas románticas! Veo que no salgo del blog en toda la noche.

Bss.

CONRA dijo...

Hola Nieves:
Continúo enganchada al cuento.
¡Vale la pena!
Besitos y hasta mañana.

Anónimo dijo...

Me ha gustado tu iniciativa de los cuentos y el detalle de animar a visitar Save the childre.

El viejo que hacía las estrellas está muy bien. ¡Mañana vuelvo!

Marta

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias a todas por vuestas amables palabras. Estoy encantada de que os guste.

Un abrazo.