viernes, 21 de noviembre de 2008

El viejo que hacía las estrellas © (Capítulos 6, 7 y 8)

SEIS


Afortunadamente durante el viaje encontraron una lluvia de asteroides que permitió que la tortuga saltara de uno a otro sin cansarse demasiado, con lo que el viaje resultó agradable.

Perdomo sabía, sin embargo, que su misión era difícil. La bola de oro le había enseñado un niño, pero ¿qué niño? ¿Cualquiera? Cuando llegaron a La Tierra, anduvieron preguntando a unos y otros por aquel chiquillo de grandes ojos y nadie les daba respuestas.

- No le conozco -decía uno-.
- Tengo que estudiar y no puedo perder el tiempo con tonterías –respondía otro-.
- Voy a jugar al aro -un tercero-.

Perdomo estaba asombrado. Nadie en la Tierra parecía comprender la magnitud de la catástrofe que se avecinaba. Nadie parecía querer ayudarlo.

- No entendéis -decía Perdomo-. El firmamento va a desaparecer.
- ¡Qué tontería! -exclamaba la gente-.
- Las estrellas dejarán de brillar -gemía el anciano-.
- ¡Bobadas! -le contestaban-.

Durante tres interminables días, nuestros amigos recorrieron muchos países. A la cuarta noche, cansados y hambrientos, caminando cabizbajos hacia las afueras de una ciudad, divisaron una casa rodeada de cuidado césped. Cerca de ella, un claro y cantarino riachuelo. Las estrellas brillaban ya en el cielo, pero Perdomo se percató enseguida que faltaban algunas. El Oscuro, aprovechándose de su ausencia, estaba minando las existencias.

De pronto Cacua se echó a volar por encima de la casa y vio a un muchachito que, acodado en la ventana, miraba el cielo con una sonrisa. Revoloteó sobre su cabeza y bajó hasta él, revolviéndole el cabello con sus alas de colores.

Ya podéis imaginar que el muchachito no era otro que Arturo. Levantó la cabeza y sonrió más.

- Eres preciosa -dijo-. Si no estuviese tan cansado, jugaría contigo.

Cacua se lanzó de nuevo al aire y se perdió en la distancia.

- ¡No te vayas! -gritó el niño-.

Pero Cacua voló hasta Perdomo y agitó sus alas de forma frenética, hasta llamar su atención.

- ¡Lo tengo, lo tengo!
- ¿Qué tienes?
- ¡El humano! ¡El niño! ¡Lo encontré!

Se acercó Perdomo y vio que, en efecto, el niño era el que apareciera en la bola. No dejaba de mirar el cielo y parecía que le encantaba pero... al ver su rostro cansado se preguntó si aquel chiquillo que parecía enfermo iba a poder ayudarles. Sería cuestión de probar, a fin de cuentas todo estaba a punto de perderse.



SIETE


Para asombro de Perdomo, Arturo no sólo creyó su historia a pies juntillas, sino que se ofreció a ayudarlos de inmediato.

- Pero estoy agotado -dijo-, y no creo que sea de mucha utilidad. Hace mucho tiempo que no duermo.
- Ah, eso tiene fácil arreglo. Cacua, acércate.

La cacatúa obedeció, un poco mosqueada, porque sabía lo que Perdomo se proponía: quitarle un par de plumas. Sí, porque las plumas de Cacua tenían un poder especial: chupadas, soltaban una sustancia que era un estupendo reconstituyente. A Cacua le fastidiaba que Perdomo le arrancase sus hermosísimas plumas de colores, aunque volvían a crecer con rapidez, pero aquella situación era desesperada y se dejó hacer, aunque no de muy buena gana.

- ¡Ay! -gritó al notar el tirón-.

Arturo se recuperó en cuestión de segundos y minutos después estaba vestido y dispuesto para la aventura.

- ¿Dónde vamos?
- Al espacio -dijo Cacua con aires de grandeza-. ¡Vaya pregunta tonta!
- ¡Al espacio! -exclamó Arturo, un poco asustado-.
- ¿Dónde crees que vivimos, niño?
- Bueno, yo imaginaba que...
- Imaginabas, imaginabas. No imagines y síguenos; vas a hacer el viaje más fantástico.
- Mis padres se preocuparán si no me ven.
- Olvida eso -dijo Perdomo-. No tiene importancia porque nadie sabrá que te has marchado. El tiempo no pasa igual en la Tierra que en nuestro planeta. Y ahora, vamos. No tenemos mucho tiempo. Cacua, busca a Ruana.
- ¿Quien es Ruana?
- Una tortuga que nos sirve de transporte.

Arturo pensó que tal vez había ofrecido con demasiada rapidez su ayuda al anciano. Ahora creía que estaba majareta. ¡Por Dios, una tortuga para hacer un viaje por el espacio! Pero entendió todo cuando se montaron sobre Ruana y ella dio el primer salto. El niño rió entusiasmado.

- ¡Es la tortuga más increíble que he visto nunca!
- Por descontado, jovencito -dijo Perdomo-.

Y Ruana saltó y saltó. En el primer salto, salieron del continente, en el segundo llegaron a la Luna, en el tercero, se perdieron más allá de Marte. Arturo, muy asustado, se agarró al cinturón de Perdomo rezando para que no les pasase nada.

Embutido en el terciopelo negro del cosmos, los puntos luminosos de las estrellas ya no eran brillos lejanos, sino mundos de luz increíblemente hermosos. Ruana se acercaba a ellos con velocidad extraordinaria, los rodeaba y seguía camino. La Tierra desapareció en la distancia, como si nunca hubiese existido.

OCHO


Apenas Ruana se posó un momento en la superficie de un planeta, para descansar y Arturo sintió cierto temor. Era un mundo rojo, que parecía arrugado por los siglos, con extrañas motas. Al entrar en su atmósfera, una enorme pared de polvo amarillo avanzó lentamente hacia ellos. Arturo se tapó la boca mientras el viento silbaba a su alrededor y empezaba a sentir que se ahogaba. Por fortuna, Ruana saltó y escaparon de allí con rapidez.

Y así continuaron viajando. De mundo en mundo, mientras Perdomo le iba enumerando el nombre de las estrellas, de galaxias y planetas.

- Ganímedes, Titán, Júper, Calixto...

Tiempo después, el niño miró adelante y lo que vio le dejó sin habla. Una enorme bola de fuego alrededor de la que giraban varios planetas de colores irisados.

- Es nuestro sistema solar -explicó Cacua-.
- ¡Maravilloso!

Arturo, a pesar de la excitación, se quedó dormido a lomos de Ruana, mientras las estrellas tocaban casi su cara. Despertó cuando Cacua se posó en su cabeza y le dio un tirón del cabello. Recuperado del cansancio pasado y dispuesto a cualquier aventura, estaba decidido a enfrentarse con quien fuera necesario para ayudar a sus recientes amigos. Tomaron finalmente tierra en un mundo de color verde esmeralda.

- Es Romo -dijo el anciano-. Nuestro planeta.
- Es bonito.
- Aquí fabrico las estrellas.
- ¿Me enseñarás como lo haces?
- Primero habremos de recuperar los rayos de luz que el Oscuro ha robado. De lo contrario, no podré enseñarte nada y las estrellas desaparecerán del firmamento.

La tortuga descendió con suavidad y dejó en suelo firme a sus camaradas. Luego, el anciano mostró a nuestro amiguito la enorme y cómoda cueva en la que vivían y su taller de trabajo. Pudo ver el lugar en el que Perdomo había guardado los rayos de luz y que ahora estaba vacío y oscuro. También pudo observar la bola de oro que todo lo veía.

Al final, Perdomo le enseñó su inacabada obra.

- Esta es mi estrella más hermosa -dijo con tristeza-. La más bonita de todas, la más luminosa. Tal vez no pueda finalizarla nunca.

Arturo se sentía mareado, como en un sueño. Se preguntó si realmente estaba viviendo todo aquello o, por el contrario, había conseguido dormirse en su cama. Parecía mentira lo que le estaba pasando. Todo. La llegada de Perdomo, su viaje por las estrellas, el descenso en el planeta verde.

- ¿Estás dispuesto a ayudarnos, Arturo?
- ¿Qué? ¿Como?
- Hay que llegar al cráter Sappho y rescatar las cestas de rayos de luz. Si no te encuentras con fuerzas para hacerlo...

Arturo respiró hondo, hinchó el pecho y miró directamente a los ojos del anciano. Si todo aquello era un sueño, era maravilloso y estaba dispuesto a seguir adelante.

-Cuando quieras -dijo-.


(Mañana continuará...)


----------------------
Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.

-------------

6 comentarios:

CONRA dijo...

Me gusta mucho como escribes Nieves.
Estoy copiando todo el cuento, para tenerlo entero, me encanta.
Besitos

Bego dijo...

Pues eso, come dice Arturo: "Cuando quieras", puedes continuar.

Un beso.

Isabel dijo...

Siempre que entro en tu blog, veo gente visitándolo y me parece que al igual que yo, muchos nos vamos sin saludarte siquiera. Bueno, pues a eso yo hoy voy a ponerle remedio.
Te visito regularmente porque desde que te descubrí me gustó mucho tu forma de escribir. Compré tu libro y anoche acabé de leerlo Lo que dure la eternidad es una preciosa novela, me gustó muchísimo. En mí tienes ya otra fan.

Un beso querida Nieves.

Isabel H.

Anónimo dijo...

Genial, Nieves, está muy interesante.

Besos,
Pilar

Anónimo dijo...

Me está gustando un montón. Voy a por los otros capítulos.

Un beso,
Amalia

Nieves Hidalgo dijo...

Conra, gracias, viniendo de ti es todo un halago.
Bego, ya va quedando menos, jajaja.
Isabel, bienvenida y me alegro un montón de que te haya gustado mi libro. Gracias por dejar tu comentario.
Pilar, gracias, me encanta que te guste.
Amalia, te digo lo que a Bego, ya casi está terminado.

Un beso a todas.