jueves, 20 de noviembre de 2008

El viejo que hacía las estrellas © (Capítulos 3, 4 y 5)

TRES

Aquel día Perdomo se encontraba trabajando incansable, como siempre, con una estrella de irisaciones azules como el mar, tan brillante y extraordinaria que se sentía verdaderamente entusiasmado. Aquella parecía ser su máxima creación, su mejor obra. Estaba convencido de ello.

Faltaba ya poco para terminar aquella maravilla y poder lanzarla al espacio con la inmensa catapulta que tenía, para que permaneciese miles y miles de años en el firmamento, suspendida para que los humanos pudiesen verla desde sus hogares.

Dio Perdomo un respiro a sus cansados ojos y se acomodó en la silla. En ese momento, Ruana, haciendo gala del amor que sentía por el hombrecillo, llegó en un salto hasta él, sujetando a duras penas una bandeja sobre su caparazón. Perdomo le agradeció el refresco con una sonrisa y bebió un trago.

- ¡Vaya! -exclamó- Estaba sediento como una esponja.
- ¡Como una esponja! ¡Como una esponja! -repitió Cacua-.

Al cabo de un momento, Perdomo olvidó su fatiga y se incorporó para seguir trabajando en la estrella. Alargó la mano para tomar un rayo azul y su gesto alegre se evaporó. La canasta estaba casi vacía, sólo quedaban tres rayos, de modo que tendría que bajar de nuevo al almacén. Había acondicionado una rampa por la que Bongo pudiese bajar y subir sin dificultad llevando las canastas por el asa, sujetándolas con los dientes.

Ordenó al perro que le trajera nuevos suministros mientras él admiraba una vez más su inacabada obra.

- ¡Perfecta! -dijo muy ufano-. Veremos como se les ocurre llamarla a esos bárbaros de allá abajo -se refería a los sabios de la Tierra-.

El lastimero gemido de Bongo a sus espaldas le alertó. El pobre perro volvía con las fauces vacías.

- Te dije que trajeras... -se interrumpió al ver el gesto de tristeza del animal-. ¿Qué pasa?
- Guau -dijo el perro-.
- ¿Qué dice? -preguntó a Cacua, que le servía de intérprete-.
- ¡No hay rayos! ¡No hay rayos!

Perdomo se pasó la mano por el rostro. Había comenzado a sudar.

- No es posible –susurró, lleno de temor-.

Abandonó la sala de trabajo y corrió al almacén tan rápido como sus cortas piernas se lo permitían. Allí, se quedó anonadado. Se sentó sobre una piedra y gimió con tanto pesar que hasta Cacua sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas. Lo que había sido un lugar repleto de canastas de rayos de colores, no era más que un lugar abandonado, vacío y triste.

Perdomo se echó a llorar, abrumado. Bongo se apoyó sobre sus rodillas y lloró con él, con tanto sentimiento que el anciano se olvidó de su dolor para calmarlo.

- ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Cómo podemos seguir con nuestro trabajo sin los rayos de luz?

El problema era complicado. La pérdida de los rayos no sólo significaba que Perdomo acababa de quedarse sin trabajo y sin poder completar la estrella que estaba haciendo, sino que el universo se quedaría sin estrellas. ¡Todo estaba perdido!

Y allí se quedaron todos, sin saber qué hacer ni cómo solventar el problema. Sin rayos, no sólo no se podrían hacer más estrellas, sino que las que se fueran estropeando tampoco podrían ser reparadas.

Definitivamente, el firmamento tocaba a su fin.

CUATRO

Arturo, entretanto, seguía empeorando día a día. La última visita del médico no daba demasiadas esperanzas a sus familiares y amigos.

- Si no conseguimos que duerma, todo será inútil.

Pero el deseo de observar las estrellas era superior a las pócimas y brebajes que le administraban.

- Mamá, ¿crees que las estrellas son así de pequeñitas? ¿Como las vemos en el cielo?
- No, cariño, son más grandes, es sólo que están muy lejos, por eso las vemos diminutas.
- Si pudiera acercarme a ellas -suspiró Arturo-. Si pudiese tocarlas con mis manos... estoy seguro que escaparían entre los dedos como agua.
- Seguramente. Ahora, trata de dormir.

Abandonó su madre el dormitorio con la esperanza de ver mejorar a su pequeño a la mañana siguiente. Pero Arturo fue incapaz de cerrar los ojos y volvió, una vez más, a acodarse en la ventana.

Perdomo se encontraba hundido por la desesperación. Había revisado la cueva de punta a punta sin encontrar indicios del paradero de las canastas de rayos de colores. No había ranuras por las que pudiesen haberse caído, de modo que debían estar en alguna parte. ¿Dónde?

- ¡El Oscuro! ¡El Oscuro! -gritó de repente Cacua-.
- El Oscuro -Perdomo levantó la cabeza, mirando con interés al animal-. ¡Pues claro! ¿Cómo no lo había pensado antes?

Trotaron todos hasta las habitaciones del anciano, donde guardaba una bola de oro que era la fuente de la sabiduría y a través de la que podía ver muchas cosas. Tomó un paño limpio y comenzó a frotar la bola hasta que se hizo transparente. Entonces, en el centro mismo apareció una figura siniestra y retorcida. Era un enorme gato negro con ojillos rojizos y malvados. Se trataba del enemigo más implacable de Perdomo. El Oscuro. Gozaba de aquel nombre, que él mismo se había puesto, y odiaba de tal forma la luz del sol y de las estrellas, que todo su afán consistía en acabar con ellos. Claro que el sol era demasiado grande, pero las estrellas de Perdomo eran otra cosa. Más pequeñas, más asequibles por tanto. El Oscuro amargaba la existencia del viejo arrebatándole una y otra vez las estrellas más chiquitinas, apagándolas y lanzando asteroides contra las puntas luminosas para estropearlas. En contra, Perdomo se esmeraba y fabricaba más.

Miró nuestro viejecito la bola, asombrado ante la capacidad de Oscuro para hacer el mal. Estaba dispuesto a acabar con el firmamento, el muy ladino.

Oscuro lanzó una carcajada que sonó a metálica dentro de la bola.

- ¡Nunca recuperarás los rayos de luz! -gritó como un demente, retorciendo el lomo. Sabía que Perdomo le estaba observando-. ¡Nunca conseguirás tenerlos de nuevo en tu poder! Destruiré el firmamento. Las estrellas desaparecerán una a una.
- ¡Devuélvelos! -ordenó Perdomo, enfadado-.
- ¡Nunca! -volvió a reír y a maullar de forma escalofriante y maligna- ¡Nunca! ¿Me oyes? Jamás podrás recuperarlos aunque sepas donde se encuentran.

La imagen de Oscuro desapareció para dar paso a una enorme montaña rodeada de nubes negras.

- ¡El cráter Sappho! ¡Estamos perdidos!


CINCO

Efectivamente, lo que Perdomo y sus amigos estaban viendo en la bola no era sino un volcán apagado hacía miles de años. Tan angosta e inclinada era su entrada que nadie podía bajar a su interior. No al menos Perdomo y sus animales, porque él no tenía agilidad suficiente para la misión, Bongo y Cacua carecían de manos y Ruana no podía llevar las canastas sobre su cuerpo. Habían visto donde estaban los rayos, pero de poco servía. El Oscuro había ganado aquella vez, y así se lo dijo Perdomo a sus compañeros, con lágrimas en los ojos.

- La vida fue bella, amigos, pero todo ha terminado ahora. Debemos abandonar nuestro hogar y marchar a los desiertos.

Bongo gimió, Ruana se removió inquieta y Cacua hizo un gesto de enfado. Soltó un taco muy feo hacia el Oscuro y se puso a pensar.

Una hora más tarde, abandonaban la cueva que les servía de morada. Perdomo, cargado con una bolsa en la que llevaba unas cuantas pertenencias, se encaminó hacia la zona desértica del planeta. Sin su trabajo, sabía que pronto moriría.

Sin embargo, Cacua seguía pensando. De repente, pidió a Perdomo la bola de oro, la frotó y esperó. Al cabo de unos segundos, el rostro cansado de un niño apareció en el interior. Cacua, de momento, se asustó mucho. No estaba acostumbrada a tratar con humanos y menos con los más pequeños. Pero entendió. Lo entendió todo.

- ¡Un niño! ¡Un niño! –Gritó, revoloteando sobre la cabeza del enanito-.
- ¿Qué pasa ahora?
- El niño de la bola.
- ¿De qué me hablas, Cacua?
- ¡Hay un niño en la bola de oro! -repitió-.

Perdomo se acercó miró, temiendo que Cacua hubiese estropeado tan valioso objeto. Allí seguía el rostro del niño, de grandes ojos y cansado aspecto. Perdomo comprendió que estaban, tal vez, salvados.

- Eso es. Lo que nos hace falta. Un muchachito. Pequeño y frágil, que pueda pasar por la entrada del cráter -miró sonriente a sus compañeros-. ¡Vamos, en marcha, amigos! Volvemos a casa. El Oscuro no se saldrá con la suya.

Poco tiempo después, montado en Ruana y llevando sobre sus hombros a Bongo y a Cacua, partió Perdomo con destino a La Tierra.



(Mañana continuará...)


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7 comentarios:

Anónimo dijo...

Sigue, sigue, que me está encantando.

Besos.

Pili

Anónimo dijo...

Está genial.

Besitos,

Merce

solima dijo...

Estoy deseando que llegue mañana, para seguir leyendo.

Besos.

Bego dijo...

Cuando se lo lea a mis hijos les va a gustar mucho, no lo haré hasta que lo termines de contar todo.
Que conste que no es chantaje, jejejeje.

Anónimo dijo...

Me encanta, Nieves, como todo...

Besos,
Pilar

Anónimo dijo...

Muy bonito, Nieves, me está encantando.

Mayte.

Nieves Hidalgo dijo...

Merce, Solima, Bego, Pilar y Mayte, gracias, vosotras sí que sois geniales.

Un abrazo.