miércoles, 19 de noviembre de 2008

El viejo que hacía las estrellas © (Capítulos 1 y 2)

Seguramente muchas veces, durante la noche, mirando hacia el firmamento cuajado de estrellas, os habréis preguntado de dónde vienen esos puntos maravillosos y, sobre todo, quién los hace.

Si queréis acompañarme un ratito os contaré todo sobre las estrellas y mucho más...


UNO

Hace muchas décadas, cuando la raza humana no estaba tan adelantada como ahora y no existían esos enormes telescopios con los que ahora vemos el firmamento y descubrimos galaxias muy lejanas, las personas también se preguntaban acerca de las estrellas. Los sabios de aquel entonces llenaban hojas y hojas de números que nunca acababan, tratando de saber su distancia y sus dimensiones. Pero tal vez sólo los niños se preguntaban quién las hacía...

Arturo era un pequeño amable, amante de sus padres y hermanos y amigo de sus amigos; cortés con sus vecinos y sus maestros. Vamos, más o menos como vosotros. Incluso a veces era un poco revoltoso y su madre se enfadaba por sus travesuras. Pero Arturo le regalaba un beso y a ella se le olvidaba el enfado. Es decir, que se valía del arma más vieja de todos los tiempos: el cariño.

Pues bien, Arturo, nuestro joven amigo, se quedaba muchas noches mirando por la ventana aquellos puntos luminosos y de colores. Le extrañaba que aquellas maravillas pudieran verse solamente durante la noche. Le hubiera gustado observarlas a todas horas.

Hablaba frecuentemente con sus padres y maestros sobre el tema, pero nadie le daba respuestas.

- Son objetos que Dios ha puesto en el Cielo para regocijo de los humanos -solía decir su profesor, que no era muy erudito en la materia-.

Arturo pensaba que todas eran igual de hermosas y le gustaba ponerlas nombre: El Rayo Azul, La Chiquitina, la Dulce, La Bella... Sabía que en algún lugar existía una respuesta a sus preguntas y se pasaba noche tras noche mirando al cielo buscándola.

Tanto y tanto veló que acabó enfermando. Sus padres y hermanos sufrieron mucho y ni médicos ni curanderos supieron darle remedio. Incluso llamaron a una mujer que tenía fama de bruja, pero nadie fue capaz de curar su mal. Arturo, simplemente, no podía dormir. Su obsesión por ver las estrellas se lo impedía.


Dejó de acudir a las clases y se pasaba todo el día metido en la cama. No pedía nada, sólo que no cerrasen su ventana. Y por las noches, cuando todo el mundo dormía, se apoyaba en ella y miraba el firmamento. Luego, por las mañanas, las ojeras, cada vez más pronunciadas, decían que no mejoraba.


Arturo deseaba decirles a todos que él era feliz y que todo estaba perfecto, pero apenas podía hablar ya. Sin embargo sabía que algo maravilloso iba a ocurrir. El destino no podía castigarlo por amar tanto a las estrellas.


DOS

Mientras tanto, a millones de kilómetros de distancia, allá en las alturas, un viejo y diminuto enanito de blanca barba y sedosa cabellera, se afanaba en dar término a su trabajo diario.



Habitaba el anciano en un planeta muy lejano, distante de todos y de todo, con la única compañía de su perro, Bongo, su cacatúa, Cacua y su tortuga Ruana. Ruana era una tortuga muy especial. Luego os contaré el motivo.

Perdomo, que así se llamaba el viejecito, sólo bajaba a la Tierra cada cien años. Tenía los ojos azules como el cielo en primavera, las manos menudas y una sonrisa franca. Era feliz con sus tres camaradas aunque a veces se encontraba muy solo y, sin embargo, su trabajo ocupaba todo su tiempo y era lo más importante. Se sentía satisfecho cuando finalizaba una de sus obras.

Os estaréis preguntando qué trabajo hacía Perdomo. Ya lo imagino. Nuestro enanito era el encargado de hacer las estrellas. Ni más ni menos. Trabajo bello, ¿no es verdad?


Cada día intentaba superarse un poquito más y conseguir la pieza perfecta, única, algo de lo que se sintiese realmente orgulloso. Había conseguido estrellas maravillosas como las que componían la Osa Mayor o la Cruz del Sur. Sin embargo, seguía intentando superarse.

Colocadas sus gafas diminutas sobre el puente de su aguileña nariz, Perdomo trabajaba de sol a sol, sin descanso, haciendo un alto sólo para alimentarse y alimentar a sus tres camaradas.

Poseía un enorme almacén en los sótanos de la inmensa cueva en la que habitaba, repleto de canastas plateadas que rebosaban rayos de luz, imprescindibles para hacer su trabajo y arreglar las estrellas que se deterioraban por los choques de asteroides despistados o mal intencionados.


Levantó la vista de la estrella que estaba creando en aquellos momentos y acarició a Bongo, su perro, que había ido a acurrucarse bajo las patas de su banco de trabajo. Bongo era un animal encantador, pacífico, apenas ladraba y guardaba fielmente la cueva de Perdomo defendiendo a todos. Tenía el pelo color canela y unas enormes orejonas que caían casi hasta el suelo y que sólo alzaba al escuchar ruidos extraños.


Cacua, por el contrario, era un animal travieso como el que más; se pasaba el día hablando y hablando hasta que conseguía sacar a Perdomo de sus casillas. Pero tenía algo bueno: su colorido e inteligencia. Casi podríamos decir que era el más sabio de todos. Además era el único con el que nuestro anciano podía charlar.


Respecto a Ruana, tal vez no creáis lo que voy a deciros, porque imagino que el que más y el que menos habrá tenido alguna tortuga y sabe lo lentas que caminan. Ruana era algo muy especial. Ya os he dicho que Perdomo bajaba a la Tierra cada muchos, muchos años. ¿Os imagináis el método que utilizaba para el transporte? Simplemente, montaba en Ruana y ésta, cada vez que caminaba, pasaba de un planeta a otro, de un asteroide a otro, de un satélite a otro. Además, tenía la facilidad de hacerse invisible a la vista humana cuando le venía en gana. Imaginar lo que haría un científico si descubriera una tortuga que daba saltos gigantescos; seguramente la metería en una jaula e investigaría con ella. Por eso Ruana se hacía invisible.


(Mañana continuará...)

----------------------
Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.

Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.

-------------

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Bonita iniciativa Nieves. Voy copiando los capítulos para mis niños. Gracias.

Un saludo,
Maricarmen

Noelia. dijo...

vaya, asombrada me has dejado, el cuento esta resultando precioso, me gusta muchisimo, a ver si lo copio para mis niñas... Esta claro que tienes un don..

1 besote

Noelia.

CONRA dijo...

Hola Nieves:
Que bello y creativo cuento, me ha gustado mucho los dos primeros capítulos. Espero más...
Ya compré en el Corte Ingles tu libro “Lo que dure la eternidad “ahora me queda enfrentarme al fantasma de Killmarnock... un rato cada día.
Hasta pronto.
Muchos besitos

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias, chicas, espero que lo disfrutéis mucho y que a vuestros niños les encante.

Conra, ojalá tu "enfrentamiento" con el fantasma te resulte de verdad maravilloso.

Un beso grande a las tres.

Anónimo dijo...

Todo un detalle. Muchas gracias. Me paso ahora mismo por Save the children, que a poquitos siempre se consiguen cosas grandes.

Besos
Pilar

Anónimo dijo...

Yo también estoy asombrada ¿también escribes cuentos? Este que estás colgando la verdad es que promete. Me lo voy a ir copiando. Gracias.

Un abrazo,
Mapi

Anónimo dijo...

Bueno, pues, ¡muchas gracias! todo un detalle lo de los cuentos y lo de animar a colaborar por los niños.

Saludos,

MªJosé Rivas

Bego dijo...

Eres una buena contadora de cuentos, me gusta tu estilo.
¿Ya dije que eres una caja de sorpresas?

Un beso.

Nieves Hidalgo dijo...

Pilar, Mapi, MªJosé, Bego, un beso muy grande y un millón de gracias por vuestras palabras, así da gusto escribir.