lunes, 24 de noviembre de 2008

El viejo que hacía las estrellas © (Capítulo 14 y desenlace final)


CATORCE

La Tierra.

Allí estaba de nuevo su planeta azul, su mundo, su casa. Allí se encontraban sus padres, amigos y maestros. La Tierra tenía un color precioso visto desde el cielo. Había sido encantador viajar con Perdomo hasta el planeta verde, pero resultaba maravilloso regresar a casa.
Ruana le depositó suavemente en el suelo, a pocos metros de su hogar. Todos dormían. Arturo pensó en qué les diría a sus padres y hermanos acerca de su ausencia, porque estaba seguro que no iban a creer su historia.

- Oscuro -murmuró-. Qué lejos parece ahora todo. Pero no ha sido un sueño, lo sé. Tú estás aquí, Ruana, ¿no es verdad? Ahora debes marcharte, Perdomo te estará aguardando.

La tortuga movió la cabeza con tristeza, como si desease quedarse más al lado del niño.

- Debes partir. No te has hecho invisible y alguien podría verte y capturarte. Te deseo buen viaje de vuelta -estampó un sonoro beso en el caparazón del animal y quitó con su dedo índice una lágrima que se le escapaba.

Momentos después, la tortuga emprendía el regreso, saltando en el espacio, perdiéndose en la oscuridad del infinito firmamento.

Arriba, el cielo cuajado de estrellas, pareció saludar a Arturo. Allí estaban todas de nuevo; la Bella, la Chiquitina. La normalidad había regresado al firmamento.



Y este es el final...

Arturo fue considerado como el niño más inteligente de la ciudad. Los profesores se peleaban por tenerlo en su clase, aunque nuestro amiguito siguió con su antiguo profesor, al que quería mucho. Años más tarde, conseguiría convertirse en un importante astrólogo, reconocido en todo el mundo.

Arturo había vuelto a dormir como cualquier otro niño; sólo robaba unos minutos al sueño cada noche para saludar a sus amigas las estrellas. Ahora, sabía que no desaparecerían mientras él descansaba, porque Perdomo vigilaba, las arreglaba y creaba otras nuevas.


Por aquellas fechas, próximas a Navidad, los astrólogos se revolucionaron ante el hallazgo de un nuevo cuerpo celeste. Una estrella más brillante que las demás, más grande y hermosa que las conocidas hasta entonces. Hasta ese momento no había sido descubierta y Arturo, que conocía bien todas las estrellas, supo que era la última creación de Perdomo, su obra maestra.

- Por fin la has terminado -sonrió-. ¡Es preciosa!

Como en otras ocasiones, los científicos se pelearon por buscar un hombre adecuado para el nuevo cuerpo celeste.

- Prefacia -dijo uno-.
- De ninguna manera -intervino otro-. Debe llamarse Gargatella.
- Es mejor Luniana -levantó la voz un tercero-.

Lo cierto era que no se ponían de acuerdo y el día de Navidad se acercaba. Pensaban que lo más original sería dar un nombre a la nueva estrella para aquella gloriosa fecha. Pero encontrar un nombre con el que todos estuviesen de acuerdo, estaba resultando muy complicado.

De repente, un pergamino blanco con letras doradas penetró por la ventana del laboratorio donde se llevaba a cabo la discusión, revoloteando sobre las cabezas de los sabios. El más joven pudo alcanzarlo, lo desenvolvió y, ante el asombro de todos, leyó el escueto mensaje:

- La estrella se llama ARTURO- decía el pergamino-

Y el nombre les pareció ideal. ¡Perfecto! Ni más ni menos que lo que todos estaban buscando. Y así se lo anunciaron al mundo.


Desde la ventana de su casa, allá en las afueras de la ciudad, nuestro pequeño héroe sonreía mientras miraba la inmensidad del espacio. Perdomo había enviado para él el regalo más fastuoso de la creación. La estrella más hermosa construida por él hasta el momento. Y le había puesto su nombre.

- Gracias Perdomo. Te quiero -susurró-.

Han pasado muchos años. Ya queda muy atrás nuestro amigo, su familia, su profesor, Perdomo, Bongo, Cacua y Ruana. Sin embargo, la estrella ARTURO sigue allí en el cielo, brillando cada noche. Es muy fácil verla. Arriba. Eso es, un poco más a la izquierda... Sí, justo ahí. ¿La ves? ¿Ves la Osa Mayor? Sí, esa que conocemos por El Carro. Pues sigue la línea del rabo. Así... Hacia la izquierda. Es esa tan azul y tan bonita, la que brilla más que ninguna.

Cada vez que la mires recordarás a nuestro amiguito y al viejo que hacía las estrellas. Es su obra cumbre, la más querida. La que regaló a un ser humano.

Esa, es ARTURO.





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Os recuerdo que mis cuentos son gratis para todo aquel que los quiera para sus niños, pero si os animáis a pasaros por la web de Save The Children, esta ONG que tanto hace por los niños desfavorecidos y podéis colaborar de alguna forma, me haríais muy feliz. Estos pequeños también tienen derecho a sonreír.


Si quieres colaborar con esta ONG pincha aquí.

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8 comentarios:

Bego dijo...

Hola Nieves, llevo tres días sin pasar por tu casa, el motivo, leer el cuento al completo, no te creas, me ha costado resistirme, pero lo he conseguido.

Me ha parecido muy tierno, una hermosa aventura.
Ahora me toca imprimir, hoy mismo empezaré a leérselo a mis hijos.

Un beso.

Un beso

Anónimo dijo...

¡¡¡Pero qué bonito!!! Me ha encantado. ¡Enhorabuena!

Un beso,
Amalia

Nieves Hidalgo dijo...

Bueno, Bego, pues ya me dirás si les gusta a tus niños.

Amalia, ¿te ha encantado? no sabes lo que me alegro.

Espero que el próximo también os guste.

Besos a las dos.

Anónimo dijo...

Un cuento muy bonito. Acabo de copiar el último capítulo para leérselo a mis niños.
Ya estoy preparada para leer el siguiente, jejeje.

Un beso,
Isabel

solima dijo...

Precioso final para un cuento estupendo. Gracias, me ha gustado mucho.
Besos.

Anónimo dijo...

¡¡Oh, qué bonito!!

Un abrazo, Nieves, y gracias por tu generosidad al hacernos este regalo de navidad.

Mª José.

Érika dijo...

Nieves, es admirable no sólo la calidad de tus obras, sino que aproveches éstas para una labor tan encomiable como llegar a los corazones de las personas y tocar su fibra solidaria.

Enhorabuena por ello. Un abrazo!

CONRA dijo...

Hola Nieves:
Que bonitoooo. Me encantó el cuento.
Miraré al cielo para ver a la estrella ARTURO brillando cada noche.
Gracias por el regalo de tu cuento.
Un fuerte abrazo.