martes, 14 de octubre de 2008

Luna de Oriente © (Sinopsis y capítulo 1º)


Sinopsis

Shylla es gitana. Casada y enamorada de un aristócrata, debe escapar y volver a su tribu para salvar la vida de su hija, Christin. La pequeña se criará entre las gentes del pueblo materno sin saber nunca su identidad.

Kemal nace en Baristán y como príncipe heredero recibe halagos y agasajos. Sin embargo, la sangre inglesa de su madre circula por sus venas y de joven estudia en Inglaterra adaptándose con facilidad a las costumbres inglesas.

Ni Christin puede imaginar que conocerá a un verdadero príncipe, ni Kemal podría suponer que al regresar a su país natal iba a encontrarse con la muchacha que le dejó desnudo en medio de la campiña inglesa, y mucho menos convertida en una de las odaliscas de su padre.



Capitulo 1


INGLATERRA. 1800 REINADO DE JORGE III.



El bebé ronroneó y se metió un dedito en la boca, succionando con deleite. La mujer que lo llevaba pegado a su pecho le acunó, tratando de que permaneciese en silencio y bajó las escaleras apresuradamente. Debía escapar de aquella casa si quería que su retoño siguiese viviendo.

Se había cambiado de ropa y volvía a lucir aquellas con las que llegó a la mansión, las que siempre le pertenecieron, las que la señalaban como Shylla Landless. Paria. Gitana. Una mujer sin tierra -como su propio apellido indicaba-, y ahora sin futuro. Estuvo a punto de tropezar en el último peldaño de la escalera y la criatura que llevaba en brazos dejó escapar un gorjeo que le hizo apretarla más fuerte. Cubrió la cabecita del bebé con el manto con el que lo envolvía y aceleró el paso. Su corazón latía descompasadamente, parecía a punto de salirse de su pecho. Cuando alcanzó la puerta la abrió con cuidado y miró al exterior. La noche estaba oscura como boca de lobo y un viento racheado la azotó el rostro y el cuerpo haciéndola tiritar. Apretó aún más el cuerpecito del bebé y se cubrió ella misma con la capucha de su capa. La capa era todo lo que había cogido de las caras ropas que el duque la regalase.

Salió al exterior, cerró la puerta a sus espaldas y atravesó el inmenso jardín de Mulberry Hill. Debía ir a pie, no podía arriesgarse a tomar una montura ni un landó. Nadie debía saber de su marcha o su pequeña estará en peligro de muerte. Sabía que era eso lo que buscaban, acabar con la criatura... y acabar con ella.

Cuando comenzó a descender por la ladera que daba al río, no pudo remediar echar un vistazo a lo que dejaba atrás. La inmensa mole de la mansión se levantaba en medio de la bruma como un gigante, hermosa y acogedora. Hasta ese momento había sido su hogar y en él fue feliz. Muy feliz. Pero una gitana no podía soñar con convertirse en una dama, mucho menos en poder amar a un hombre como el duque de Mulberry; el mundo no permitía semejante afrenta.

Ahogando un sollozo se despidió para siempre del hombre del que se había enamorado, del hombre al que había amado y al que amaría hasta el fin de sus días. Nell había sido bueno con ella, la había convertido casi en una dama, la había rodeado de lujos, de vestidos y de joyas; nunca se arrepintió de tenerla a su lado, de presentarla en sociedad. Habían sido dos años maravillosos en los que el amor y la dulzura del duque la hicieron la mujer más feliz de la tierra. Y cuando llegó el bebé, él juró que se casarían, que la convertiría en su duquesa -a Nell Highmore le importaban poco los estamentos sociales. Había enloquecido de alegría cuando sus ojos descubrieron a la pequeña nada más nacer. Y ahora Shylla debía pagar toda su bondad y su amor causándole acaso el mayor dolor del mundo; debía arrebatarle a su hija, a su heredera.
Eso, o esperar a que la muerte alcanzase a la pequeña Christin.

Shylla alcanzó la orilla del río notando que su alma se desgarraba. Ya no ocultaba las lágrimas, sino que sus sollozos eran cada vez más fuertes. El agua bajaba con fuerza, pero ella conocía cada tramo de aquella corriente como su propia mano y no tardó más de diez minutos en encontrar el lugar adecuado para poder cruzar al otro lado. Luchó enconadamente para llegar a la otra orilla. El agua estaba helada y antes de poder estar otra vez en seco, notó que agujas de frío atravesaban sus piernas, pero lo consiguió.

Agotada, se dejó caer sobre la hierba mojada y miró a su hija. Era un ángel, tan pequeñita y dulce. Se preguntó la causa por la que el mundo era tan injusto; aquella criatura, que podía haber gozado de una vida de lujo y placer, amada por ella y por su padre, tendría que vivir de allí en adelante como había vivido ella hasta conocer a Nell, a su amado Nell.

Secándose las lágrimas con el borde de la manga se incorporó. Miró al otro lado. Sobre la loma, la mansión parecía llamarla, rogarla que regresase al calor de su habitación, la que compartía con su amado. Sin embargo, era imposible. Debía salvar a su hija del mal que acechaba en aquella casa, de la persona que quería acabar con ella. La nota había sido clara, o desaparecía o Christin aparecería muerta en su cuna. Nada había contado a Nell cuando a la semana de nacer la niña se había encontrado una daga dentro de la cuna. La había guardado entre los pliegues de su bata para no alarmarle, pero la advertencia había sido muy clara. Cualquiera podía llegar hasta la criatura y asesinarla mientras dormía. Ni siquiera la fortuna del duque era capaz de parar a la mano asesina, si aquella decidía actuar contra Christin. Y ella tenía miedo por su hija. Amaba a Nell, pero había decidido sacrificar su amor por el bien de la chiquitina.

Se quitó la capa y la arrojó al río.
La prenda se dejó arrastrar por la corriente y los ojos almendrados de Shylla la siguieron hasta que, en parte profunda, se enganchó con una rama y quedó meciéndose con la corriente.

Un relámpago iluminó a la gitana y a su bebé y pareció cernirse sobre las altas torres de Mulberry Hill, como el presagio de algo horrible. Shylla tiritó y, dando la espalda al castillo, comenzó a caminar lo más aprisa que pudo tratando de pasar el calor de su cuerpo al de su hija. Los suyos estaban cerca, acaso a dos horas de camino. Si Dios la ayudaba, antes de amanecer podían haber partido y desaparecer. Para cuando el duque comenzase a buscarla, ellas ya estarían muy lejos. El pensamiento la hizo estallar de nuevo en sollozos, pero no acortó el largo paso que la conducía a los suyos, a los que realmente siempre fueron su gente, su familia, su verdadero hogar.

Tres horas después, aterida de frío y agotada por la larga caminata, Shylla Landless entraba en el campamento gitano. Al notar su presencia, el alboroto que formó hombre que estaba de guardia, acabó por despertar a todos los que componían la caravana. Una de las mujeres se hizo cargo de la niña cuando la muchacha estaba a punto de caer desmayada. El jefe de campamento, un hombre de sesenta años, alto y enjuto, con el cabello ya plateado y los ojos como la noche, la abrazó.

- ¿Qué sucede?
Shylla rompió a llorar de forma desconsolada y se abrazó al hombre.
- Hemos de irnos -dijo, cuando pudo recuperar la compostura-. Mané, hemos de irnos ahora mismo.
Las facciones severas y morenas del hombre se contrajeron.
- ¿Él te ha echado?
- No. Nell me ama, Mané. Me amará siempre y yo le amaré hasta la muerte.
- Entonces...
- Mi hija ha sido amenazada de muerte.
- ¿Por quién?
- No lo sé. Pero he tenido miedo. Debemos partir ahora, abandonar estas tierras. El mal se oculta tras los muros de Mulberry.

El anciano jefe de los gitanos miró largamente el rostro lloroso de la joven. Era hermosa. Tanto, que él ya había previsto desde que era una chiquilla de diez años, que su hermosura podría acarrear problemas a todo el grupo. Ahora se cumplía aquella premonición. Pero él no era quien para tratar de hacer cambiar de idea a la muchacha; ella sabía mejor que nadie lo que debía hacerse y si decía que tenían que irse, se irían. Habían estado muy a gusto durante largos períodos asentados en las que eran las tierras del duque de Mulberry, pero al parecer la tranquilidad había acabado. Sus cansados huesos habían acabado por tomar afecto al paisaje, más aún cuando nadie les molestaba cuando asentaban el campamento en el territorio, pero Shylla llevaba razón. Era hora de partir hacia otros destinos. Dio cuatro órdenes y los componentes del campamento comenzaron a movilizarse. En menos de una hora, como era habitual en ellos, acostumbrados a tener que salir huyendo de muchos lugares, todo estaba recogido en las carretas. Hizo montar a Shylla y a la pequeña Christin en la suya y a un movimiento de su aún fuerte brazo, las carretas se pusieron en movimiento.

Cinco minutos después, sólo quedaban unas fogatas apagadas y las huellas de los carros, atestiguando que habían estado asentados en el lugar.


Fin del primer capítulo




5 comentarios:

Bego dijo...

Emocionante, prometedora, eso es "Luna de Oriente"
Para mi estás entre la grandes de la novela romántica.
Me encanta leerte.

A quien corresponda, que Nieves Hidalgo publique más novelas.

Un abrazo.

Nieves Hidalgo dijo...

Bego, es un placer leer tus comentarios de apoyo.
Oriente siempre ha estado rodeado de embrujo y yo me he sentido atraída, desde muy niña, por el misterio que lo rodea. Por eso me atreví a escribir dos novelas de este tema.
Me conformo con saber que mis historias pueden haceros un poquito felices. No aspiro a más.
Y en eso estamos, Bego, en seguir publicando. Ójala podáis disfrutar de otra en breve.
Un beso muy fuerte.

Anónimo dijo...

Vivo obsesionada y pegada a este blog desde que lo conocí. Cada día entro con la esperanza de leer un trocito nuevo. ¡Me encanta como escribes!

Un abrazo,
Tere

Anónimo dijo...

¡Qué buena pinta tiene también esta novela!

Sigue, sigue.

Merce

Anónimo dijo...

Me encanta el título, me encanta la sinopsis y me he quedado prendada con el primer capítulo. ¡¡Quiero más!!

Un beso.
Pilar