miércoles, 15 de octubre de 2008

Luna de oriente © (Capítulo 2º)


Capítulo 2


BARISTÁN. 1800. AL OESTE DE TURQUÍA.



El alboroto que llegaba hasta la recámara de Jabir Ashan, que en ese instante trataba de revisar algunos documentos presentados por su visir, le sacó de sus cavilaciones. Levantó la cabeza de los papeles y frunció el ceño. Sus ojos, oscuros como la noche, lanzaron llamaradas de ira. Miró al visir y el otro se encogió de hombros cuando el barullo llegó hasta el patio.

- ¿Qué demonios pasa? -preguntó Jabir, incorporándose y llegando hasta las ventanas adornadas con hermosas celosías-. Umut -ordenó a uno de sus hombres de guardia-, ve a enterarte.

El fornido guardián hizo una inclinación de cabeza hacia su amo y corrió presuroso al exterior de la sala. Jabir volvió a tomar posición sobre la alfombra, con las piernas dobladas bajo su cuerpo e indicó al otro que volviese a sentarse; ya no pudo concentrarse en lo que estaba haciendo.

- Si es otra vez culpa de Kemal, voy a arrancarle la piel a tiras -murmuró entre dientes. Al alzar la cabeza vio la sonrisa del visir-. ¿Qué es lo que te hace tanta gracia, Abdullah?
- Nada, mi señor -pero siguió sonriendo de oreja a oreja, sin poder evitarlo-.
- Está malcriado.
- Sí, mi señor.
- Me saca de mis casillas -insistió el dey-.
- Lo sé, mi señor.
- Entonces, ¡maldita sea!, ¿por qué esa sonrisa de merluza?

Abdullah no fue capaz de contenerse más y dejó escapar una risa entre dientes. Bajó los ojos hacia la costosa alfombra que cubría todo el suelo de la pieza y dijo:
- Le vi tratando de subir al tejado.
- ¡Por la túnica de Ala, hombre! -el dey pegó un brinco que le dejó de pie, pálido como un muerto- ¿No se lo has impedido?

Abdullah le miró, aún sonriente.

- ¿Cómo impedirle nada a Kemal, mi señor? Es peor que un tornado, no hace caso a los consejos, ni siquiera a vuestras amenazas. Recordad el mes pasado cuando le dijisteis que le encerraríais en una mazmorra durante una semana a pan y agua, si volvía a montar vuestro caballo preferido.
- Lo montó -rugió la voz del dey-.
- Lo montó, en efecto. Y vos fuisteis incapaz de encerrarle. Mucho menos tenerle a pan y agua.

Jabir comenzó a pasearse por la sala, inquieto y muy enfadado. Su visir tenía razón. Su heredero era un caso perdido. Por desgracia, no había tenido hasta entonces más que niñas de sus mujeres. Solamente Kemal había salido varón. Su primer varón y su primer hijo. Una puñalada de orgullo le atravesó el pecho. Otra de dolor al recordar a la mujer que le había dado a luz, aquella hermosa inglesa muerta ya hacía tres largos años. La había amado como a ninguna otra, había sido su kadine, su luz. Pero se había apagado tras una larga enfermedad que acabó con ella y con sus ganas de seguir viviendo. A pesar del dolor, hubo de continuar. Por su hijo, por sus otras tres mujeres, por su país. Demasiadas personas dependían de su vigor para abandonarse a la pena. No había tomado más esposas, de todos modos, manteniendo a las tres que tenía, ni había incrementado su harén con más esclavas, aunque debió aceptar el bien intencionado regalo de dos hermosas muchachas. Ninguna de ellas le había dado hijos varones, de todas formas. Por eso Kemal era tan imposible; la pérdida de su madre no había ayudado, ciertamente, en nada.

- La culpa de todo la tienen las mujeres -dijo-.
- No podéis culparlas a ellas, mi señor. Le miman, es cierto, pero...
- Le miman en exceso.
- Así es. Kemal es un niño que se hace querer. Les sonríe, les regala flores...
- ¡Que roba de mis jardines!
- Que roba de vuestros jardines, claro está, mi señor -sonrió de nuevo el visir-. No pretenderéis que una criatura de diez años vaya a comprarlas al mercado.

Los ojos del dey despidieron cólera por la broma, pero se calmó de inmediato. No podía hacer pagar su malhumor al hombre que tenía delante. Le servía bien, era su amigo, su confidente, el que regía Baristán en sus cortas ausencias al extranjero; en quien podía confiar.

El guardián entró en ese momento. Se notaba la palidez de su rostro a pesar del ébano de su piel.

- ¿Y bien? -interrogó el dey-.
- Parece que se ha roto una pierna, mi señor. Está en el jardín de las gozde, mi amo.
- ¡Por la tumba de Carlomagno! -bramó Jabir. Y salió corriendo de sus dependencias-.

Cuando, después de atravesar dos patios, llegó al de las gozde, unas doce mujeres, a cual más bella, se afanaban en atender al muchacho. Hubo un revuelo al ver aparecer al dey en el lugar, puesto que él no acostumbraba nunca a entrar en el harén, sino que mandaba llamar a sus mujeres a sus aposentos. Con rapidez, se hicieron a un lado poniéndose de rodillas con la frente tocando el suelo, y Jabir pudo descubrir a su heredero en medio del corro. Se sujetaba la pierna derecha y se mordía los labios. Su rostro, atezado y hermoso como el de una mujer, hablaba de dolor, pero el dey vio con orgullo que ni siquiera tenía lágrimas en las mejillas. A su lado, otro chicuelo de casi su misma edad, parecía más dolorido que él. Se plantó delante de él con las piernas abiertas y los brazos cruzados sobre el pecho.

Kemal supo de quien se trataba nada más ver las babuchas y las piernas enfundadas en tela de raso verde. Poco a poco alzó la mirada y sus ojos, inmensos y grises como el acero de las gumías, miraron sin vacilación a su padre.

- Lo siento -dijo-.

Jabir, al escuchar el tono del crío, hubo de morderse los labios para no lanzar una carcajada. El muy maldito se disculpaba de un modo que más parecía un gruñido, desde luego sin ánimo de aparentar que lo sentía realmente.

- ¿Qué ha pasado?
- Se ha caído del tejado -informó la voz suave de una mujer a espaldas de Jabir. Cuando el dey se giró para mirarla, el rostro hermoso estaba pálido-. Nos dimos cuenta de que estaba en el tejado cuando se escurrió y lanzó una maldición, mi señor.

Jabir sonrió a la mujer y la tocó el brazo con afecto. Era su hermanastra y la que dirigía el harén con mano firme. Aunque podía haber vivido en otro lado después de casarse con un diplomático turco y enviudar, había preferido regresar con su hijo al harén de Jabir, donde se crío y donde había pasado la mayor parte de su vida. A Jabir le pareció una idea excelente porque desde entonces Okam, su sobrino, había sido el único compañero de juegos de Kemal. Gracias a ella, su hijo había tenido una segunda madre.
Jabir se volvió de nuevo hacia su hijo y volvió a cruzar los brazos sobre el pecho.

- ¿No tienes nada que decir, jovencito?

Kemal dejó escapar todo el aire de sus pulmones. Hizo intención de ponerse de pie delante de su progenitor, pero la pierna le falló y no cayó gracias a la intervención del otro muchacho. Sus ojos se cubrieron de lágrimas, pero con un esfuerzo elevó la mirada hacia Jabir y se las tragó.

- Siento no poder levantarme en tu presencia, mi señor -dijo-, pero creo que me he fracturado una pierna.
- Y yo voy a romperte el culo un día de estos -zanjó el dey, causando las risitas de las muchachas y el acaloramiento del pequeño-. No me das más que disgustos.
- Ya dije que lo lamento -gruñó el crío-.
- ¡Y un infierno! -el pecho del dey se hinchó al tomar aire-. Partirás a Inglaterra dentro de una semana -sentenció-.

El murmullo de las mujeres se extendió por el patio y los ojos del muchachito se abrieron como platos al mirar a su padre. Tragó saliva al ver la decisión reflejada en el rostro del dey y supo que había ido demasiado lejos. Debía callarse y acatar las órdenes de su padre y señor, pero la noticia le hizo hervir la sangre.

- No deseo irme de Baristán -dijo en tono rotundo-.
- Me importa poco lo que desees, Kemal.
- ¡No puedes obligarme! -acabó por gritar el chiquillo-.

Jabir dio un rápido vistazo a sus mujeres para ver el efecto que la rebeldía de su hijo había causado. Todas y cada una de ellas, incluso su hermanastra, seguían postradas en el suelo y con los ojos bajos. Nunca, nadie, se había atrevido a contravenir sus ordenes y... No, eso no era cierto. Había habido una persona que no sólo contravino sus órdenes desde que llegase al harén, sino que se le enfrentó, luchó con él y hasta le insultó... antes de conseguir seducirla y convertirla en su esposa. No debía olvida que aquel chiquillo que ahora se le oponía con los ojos llameantes de cólera, era hijo de aquella mujer. Jabir pensaba algunas veces que el mocoso tenía más sangre inglesa que turca; al menos era tan cabezota como lo fue su madre. Le amaba más que a nada en el mundo, pero no podía permitir que se le revolviese o todo su mundo se vendría abajo. El harén tenía unas normas, unas formas de hacer las cosas y Kemal no podía saltarse las mismas. Achicó la mirada y sus ojos oscuros taladraron al niño.

- No solamente voy a obligarte a partir, Kemal -dijo-, sino que tu osadía ha traspasado los límites y serás castigado - se volvió hacia uno de los eunucos que, en pie y silenciosos, como estatuas de ébano, guardaban las puertas del patio-. Diez latigazos.

Kemal se ahogó al escuchar la sentencia. Su rostro perdió el color y hasta se olvidó de su pierna rota. Apoyándose en el suelo se incorporó y consiguió quedar de pie ante su padre. Si las miradas hubiesen podido herir, Jabir luciría un hermoso corte en el pecho. Encajando los dientes para soportar el dolor de la pierna fracturada, Kemal, príncipe de Baristán, alzó el mentón y retó una vez más al dey.

- Diez latigazos, como a las mujeres que te desobedecen o te irritan. No soy una mujer, padre. ¿Por qué no veinte? -preguntó con tanto orgullo y rabia que las mujeres dejaron escapar una exclamación de asombro y Jabir parpadeó-.

El dey miró fijamente a su hijo. Era tan orgulloso como lo había sido su madre. Tan orgulloso como un maldito inglés. Acabó por asentir en un gesto seco y dijo:
- Sea. Veinte latigazos.

La sentencia hizo alzar el rostro a algunas de las muchachas, incluso levantarse como un resorte a Corinne, la tía del muchacho y adelantarse un paso al visir.

- No.
- Jabir, por favor.
- Mi señor...

Jabir esperó a que las protestas apagadas y las súplicas remitiesen. También espero, en vano, a escuchar las disculpas de Kemal. Sólo consiguió una mirada helada por parte de su hijo.
No solía asistir jamás a los castigos.
Lo cierto es que hacía mucho tiempo que no se mandaba castigar a nadie en palacio. Jabir no era partidario de ese tipo de represalias y prefería mantener incomunicado al infractor durante varios días hasta que recapacitase sobre su falta.
Kemal se había pasado de la raya. Lo había retado en público y no podía tolerarlo. Sus costumbres, su modo de vida, se sostenían a partir de que él era la ley, dueño y señor de vidas; si dejaba que un chiquillo de diez años se le enfrentase podía producirse un caos en su casa.
Por eso también asistió al castigo de Kemal, aunque no se hizo en público, sino en las salas privadas del dey.

El muchacho fue despojado de su túnica y atado a uno de los postes de la enorme cama de doseles. No había nadie a la vista, aunque Jabir intuía que todo el mundo estaría pendiente de los berridos que, con seguridad, dejaría escapar el muchacho. No era frecuente lo que iba a suceder y había pocas cosas interesantes en el harén para que las mujeres olvidasen el acontecimiento, más aún cuando ninguna de ellas creía aún que el dey fuese capaz de castigar a su hijo, al que amaba más que a la vida. Con seguridad cada una de ellas, eunucos incluidos, esperaban que en el último momento anulase el castigo.

Jabir tragó saliva al ver la espalda desnuda del niño. Hizo un gesto al hombre encargado de aplicarle los azotes, el Kizlar Agasi o jefe de los eunucos, un hombre de casi dos metros de altura, negro como la noche, de poderosa musculatura. Ismet asintió de modo imperceptible, apretando los dientes, porque amaba al muchacho, echó el brazo hacia atrás y aplicó el primer latigazo.

Kemal apretó los puños y Jabir tuvo un escalofrío cuando el cuero golpeó la carne infantil. A pesar de saber que el golpe y los siguientes serían todo lo leves posible, cuando Ismet volvió a echar el brazo hacia atrás estuvo a punto de ordenarle que parase. Afortunadamente, la mano de su visir al tocar su brazo le hizo reaccionar a tiempo de evitar una catástrofe.

Cuando terminó la azotaina, la espalda de Kemal mostraba marcas que se pondrían, sin lugar a dudas, moradas. Pero el jovencito no se había quejado ni por su pierna entablillada ni por los azotes. Jabir, a pesar de todo, sintió el orgullo salirle por todos los poros de la piel.

Diez días después de aquello, y sin dirigirle aún la palabra, Kemal Ashan partía del puerto de Baristán hacia Inglaterra.


Fin del segundo capítulo.




7 comentarios:

Bego dijo...

Hola Nieves, solo vengo a decirte que en mi blog hay un meme para ti, mas tarde volveré a leer el capítulo dos.
Un beso.

Nieves Hidalgo dijo...

Hola Bego, no sé muy bien de qué va esto del meme. Voy a ver si soy capaz de enterder qué tengo que hacer.
Un beso

Bego dijo...

Promete ser emocionante, solo tengo una duda, leí "dey", creí que te habías equivocado al escribirlo pero luego vi que seguías escribiéndolo igual, ¿que quiere decir?

Con respecto al meme, es sencillo, yo tampoco lo entendía.
Me pareció como un vaciado de como somos, de lo que nos gusta y lo que no, como si nos obligásemos un poco a parar y pensar en nosotras, al final me gusto.

Nieves Hidalgo dijo...

Hola Bego.

Contesto a tu pregunta:
Dey era el título que ostentaron algunos soberanos desde la separación del Imperio turco hasta que se proclamaron república.

En cuanto a lo del meme, no te creas que lo olvido, estoy en ello.

Un beso

Anónimo dijo...

Esta novela, del mismo estilo que Ishnhallá, (lo siento, no sé si lo escribo bien)me ha gustado. ¿He dicho ya que me alucian este tipo de historias.
Lo malo es que pones la miel y nos retiras la golosina.........
Enhorabuena.

Y graciaas por aclarar lode dey, tampoco sabía lo que era, aunque imaginaba algo así

CARLOTA

Anónimo dijo...

¿No me irás a dejar así, verdad? ¿Colgarás otro capítulo? ¿Lo publicarás? ¡¿Quién me mandaría a mí ponerme a leerlo?!

Genial, Nieves. En todos tus libros veo que eres capaz de engancharnos desde la primera página.

Pilar

Fugaz dijo...

Eso no se vale!!! Nos enganchas en la lectura y luego nos dejas a medias....jajajaja, es broma!!

Ya leí que sueles poner un par o tres de capítulos de tus novelas y luego ya no más. Pero nos engancha igualmente, eh?

Que tengas un buen fin de semana!