sábado, 11 de octubre de 2008

Dulce y salvaje ©



Sinopsis

Solitario, escapando de un pasado que le arrojó desde las praderas de los comanches a la Guerra de Secesión, Kansas ha superado sólo en apariencia sus fantasmas personales y decide pisar por última vez las montañas de Colorado.

A punto de morir, es salvado por quien menos hubiera deseado, sumergiéndose de nuevo en el odio hacia la mujer que le obligó a huir y ganar fama como hombre rápido con el revólver.

Sólo una luz se abre en la agobiante oscuridad, pero ella es la hija de un hombre demasiado unido a la mujer que detesta.

Kansas lucha contra el deseo que le consume y la necesidad de alejarse de nuevo del lugar que le marcó para siempre.



ESTADO DE COLORADO. 1866.

El prisionero escupió la tierra que se había pegado a sus labios resecos y, estúpidamente, hizo un nuevo y desesperado intento de soltar las cuerdas que ataban sus muñecas a las estacas clavadas en el duro suelo. Sólo consiguió rasgar más aún la piel, y casi de inmediato, la bota de uno de sus carceleros se le clavó en el maltrecho costado haciéndole proferir un juramento entre dientes.

Sabía que era inútil tratar de escapar, pero a pesar de todo lo había intentado durante toda la noche; el amanecer lo encontró agotado e igual de atado que el día anterior. Aquellos malditos mejicanos sabían el modo de retener a un hombre.

Apenas tres días antes se hubiera reído de todo el que le hubiera dicho que podía caer en manos de aquel grupo de salvajes. Pero le habían dado caza como a un coyote. Ni siquiera le preguntaron nada, sólo le hicieron desmontar y se liaron a golpes con él. Su estómago y sus costados presentaban claras señales de la paliza. Cuando apenas le quedaba un resuello, empezaron a interrogarle. Sólo parecían saber pronunciar un nombre: Mike Tempell.

Maldita fuese su estampa, todo había sido culpa suya. Si su activo amigo no se hubiera encaprichado de aquella belleza de ojos oscuros y cabello de ébano, él podría estar ahora reposando a la sombra de algún arbusto y sin compañía. Pero Mike era un joven decidido a conseguir lo que se proponía, y se había propuesto tener a Lucía Parral, acaso la muchacha más bonita de El Paso. ¡Hijo de un buitre!, lo hizo a pesar de las advertencias de los hermanos de la chica. Mike tenía un rostro que enamoraba a las mujeres y aquella no se libró de su encanto. El hermano mayor los encontró encamados en la habitación de la posada. Mike lo había matado. Fue en defensa propia y no sin antes recibir un balazo en el brazo izquierdo. Selmo Parral conocía la fama que precedía a Tempell, pero odiaba a todos los gringos. Era una institución en la comunidad y no podía dejar que su hermanita bebiese los vientos por un fulano que llevaba el revólver demasiado bajo. Por eso fue a buscarle... y por eso lo encontró. Mike era demasiado rápido para Selmo y el mejicano pagó las consecuencias de su inocente acción.

-¿Dónde está? –Volvió a preguntar el mejicano-.

Kevin ni se molestó en contestar y su silencio acabó con la paciencia del trío.

-Córtale los huevos –escuchó la voz de Francisco Garrido, primo del difunto-. Verás como así habla de una vez.

El salivazo de Parral casi acertó a Kevin en el rostro. El mejicano suspiró y Kevin escuchó el ruido de sus botas al alejarse. Presintiendo que se avecinaban nuevos contratiempos, Kevin ladeó la cabeza y miró a sus enemigos. La poca saliva que le quedaba se le secó en la boca. Lucas Parral se encontraba al lado de su caballo pinto y al ver lo que tenía en la mano derecha, elevó una silenciosa plegaria.
Andrés se acercó a él y le tiró salvajemente del cabello para mirarle a los ojos.

-Vaya si cantarás, gringo. –sonrió, mostrando unos dientes podridos y desiguales-. Vaya si cantarás cuando Lucas empiece la fiesta.

Kevin regresó su mirada hacia otro lado, notando una sensación helada en la boca del estómago. Hubiese podido soportar otra tanda de golpes, incluso un día más expuesto al abrasador sol, pero lo que Parral tenía en mente era siniestro.

Lejos aún de su posición, Lucas acabó de desenroscar el látigo y lo hizo restallar contra el reseco terreno.

-Empieza ya, Lucas –incitó el joven Andrés, pasándose la lengua por los labios.

-Gringo, voy a despellejarte –amenazó- Lo sabes, ¿no es verdad?


(Extracto del primer capítulo)




Martin y Steve estallaron en carcajadas cuando las negras cejas de Indaho se unieron en una sola al mirar a la muchacha. Ella también dio rienda suelta a la risa, contagiada por los dos jóvenes. Hasta el llamado Sonora, un hombre adusto que trabajaba como jornalero para el rancho La Indómita desde hacía dos años, se unió al jolgorio.

El indio navajo gruñó algo ininteligible en su lengua, pero acabó por sonreír a medias, aunque como Sonora, no era dado a la risa.

-No puedo creerlo –dijo Martin-.

Tracy Conway giró la cabeza hacia el joven con una rapidez que hizo ondear al aire su largo y rizado cabello azabache. Sus ojos, grandes y de un indefinido color entre azul y violeta, chispearon con picardía.

-Pues deberías creer en mi palabra, amigo –dijo- ¡Ese hombre tenía el culo más blanco que he visto en mi vida!

Las carcajadas atronaron de nuevo en el austero paisaje por el que los cuatro jinetes cabalgaban. Lo cierto es que desde que salieron de La Indómita con destino a la ciudad de Denver, el viaje –que previsiblemente debería haber sido ocioso y aburrido-, resultó una maravilla. Y todo debido a aquella muchacha morena de inmensos ojos orlados de oscuras pestañas. Tracy Conway era sin duda una muchacha demasiado consentida por su padre, Walter Conway, sobre todo porque el hombre se había visto obligado a criar en solitario a aquel diablillo, ya que su esposa falleció cuando la criatura tenía apenas cuatro años.

Tracy se había criado en el rancho, entre hombres, y todos y cada uno de los que trabajaban para su padre habían llegado a aceptarla como uno de ellos.

-Una señorita no dice jamás esas cosas –intervino Indaho con voz ronca, pero sin poder remediar un atisbo de risa.

-Pero es que yo no soy una señorita, Indaho –rió la joven-. ¡Dios me libre!

Martin, Steve y Sonora volvieron a corear la risa de la muchacha. Después de calmarse, siguieron cabalgando en silencio y lamentando que el viaje de vuelta a casa estuviera a punto de finalizar. Al cabo de un minuto, Tracy habló de nuevo, frunciendo el ceño en un rictus pensativo.

-Pero no tenía un culo bonito, no señor –dijo-.

Aquella vez, hasta Indaho se vio obligado a soltar la risa, incapaz de contenerse. La algarabía entre los cuatro jinetes era tal que ninguno escuchó nada más que el sonido de sus gargantas. Excepto Tracy.

-Silencio.
-¿Y ahora, qué nos vas a contar? –Rió Steve-.
-Callad un momento.

Los cuatro hombres quedaron silenciosos a la vez que la miraban. Ahora la muchacha no bromeaba, parecía haber oído algo.

Entonces lo escucharon. Violando el silencio de la montaña, llegó perfectamente audible hasta los oídos de todos, el restallar de lo que parecía un látigo, y casi a la vez un apagado grito de angustia.

(Extracto del segundo capítulo)




11 comentarios:

Bego dijo...

Nieves, con mucho cariño te lo digo, que mala eres haciéndonos sufrir de esta manera, nos enseñas el caramelo, vemos la hermosa envoltura, el exquisito aroma, su maravilloso aspecto y cuando ya estamos decididos a comerlo, lo tenemos cerquita de los labios para empezar a saborearlo y… ¡¡Zas!!, nos lo quitas.

Denuevo te pido compadécete de nosotras.

Besos.

Anónimo dijo...

Hola Nieves, te leo desde hace ya tiempo cuando un día por casualidad descubrí este blog. Estoy absolutamente enganchada y no hay día que no lo visite para ver si has puesto algo nuevo. Nunca me había atrevido a escribir, pero ahora viendo el comentario de Bego no tengo por menos que escribir para apoyar lo que dice. Ayyyy, es que siempre me quedo con ganas de más.
Un beso,
Ángela

Anónimo dijo...

Cada libro que cuelgas me gusta más que el anterior.

Un beso y mucha suerte.

Tere

Anónimo dijo...

Me encantan las novelas del Oeste. Yo también te pido que te compadezcas de nosotras. ¿Colgarías otro poquito?

Besos.

Marylo

Nieves Hidalgo dijo...

Gracias por vuestros comentarios que me animan a seguir cada día.

Chicas, a lo mejor, algún día cuelgo otro "caramelito" de este libro ¿os parece?

Muchos besos.

Bego dijo...

Cuélgalos ¡¡por favor, por favor, por favor¡¡

Besos.

Sandra Ortega dijo...

hola nieves,...muchas gracias,aunque se ve bastante mal,jeje.

Mi madre me habla mucho de tus libros y no puedo esperar a leer tu libro Orgullo sajón,o cualquiera que se desarrolle en la edad media,..
Cuando lo editen estaré encantada de lerlo.
un abrazo
sandra

Anónimo dijo...

Las películas del oeste han sido siempre mi pasión. Por eso me he quedado enganchada a esta novela.
Jopé, qué poco has pueto.
Yo quiero algo más. Digo lo mismoque Bego y Ángela.
Porfa, porfa...

CARLOTA

Anónimo dijo...

hola, soy mabel, acabo de recibir tu mp, dándome indicaciones de como insertar comentarios y asi lo hago para decirte que la novela me parece estupenda y que no nos dejes mucho tiempo sin saber nada nuevo. muchas gracias. un beso

Nieves Hidalgo dijo...

Sandra, otro abrazo para ti también. Te deseo muchos éxitos.

Carlota, te digo lo mismo que a ellas... a lo mejor... un día de estos... cuelgo otro poquito.

Mabel, vuelvo a agradecerte tu cariñoso correo. Como ves, no hace falta estar registrado para dejar un mensaje, con pinchar en "anónimo" ya está.
Espero no tardar mucho en daros noticias.
Un abrazo a todas y muchas gracias por vuestros mensajes y correos.

Anónimo dijo...

Otro libro con el que me he quedado enganchada. Supongo que no tardarás mucho en poner otro poquito ¿o puedo atreverme a pensar que va a salir publicado pronto? Ay, que esto no se hace, caray.

Un beso,
Pilar